Para Morena y Marcos.
El primer día de la salita de cinco, Paz entró al jardín la una de la tarde, apretando la mano de su mamá bien fuerte.
La pequeña, de ojos grandes y energía vivaz, la soltó apenas vio, adentro de la sala, al lado de la maestra, a ese niño de ojos hermosos y sonrisa implacable.
Paz miró a su madre y simplemente corrió, a sentarse a la derecha de su compañerito, que jugaba con unos bloques de madera de colores.
– Hola ¿Me mostrás que es eso? – Preguntó Paz entusiasmada.
– Son bloques, para construir.
Esa tarde se dijeron sus nombres y construyeron un castillo multicolor juntos.
Paz salió del jardín y le contó a su mamá que tenía un nuevo amigo, uno mejor que todos los demás.
En su inocencia, de cinco años, él era el más divertido y simpático. Joaquín era distinto: Porque nunca antes, había tenido tantas ganas de jugar, durante todas las horas del jardín con nadie. Paz era amiga de todos los nenes y todas las nenas, y por su temperamento sociable, siempre iba, un ratito con cada uno. Le gustaba como se reía Joaquín, a carcajadas y dulcemente.
Cuando el jardín terminó, la amistad fue afianzándose y cuando la señorita de primer grado, proponía una tarea en parejas, Paz cerraba los ojos, y cruzaba los dedos pensando: "Quemetoqueconjoaquin". Lo que Paz no sabía, es que Joaquín hacía el mismo ejercicio.
Algunas veces, esa energía, les jugaba a favor. Igual que en los cumpleaños, cuando jugaban a la mancha y estaban en el mismo equipo.
Pasaron toda la primaria juntos, siempre, inseparables, pero amigos.
Algunos días, Joaquín la invitaba a su casa a merendar, y tomaban nesquik en el sillón, mirando los dibujitos. Otras, Paz jugaba con Joaquín y sus amigos a la bolita en los recreos. Y nada más hermoso que cuando ganaba y tenía bolitas repetidas para cambiarle.
Joaquín se entusiasmaba y la abrazaba fuerte, saltando.
Los años pasaron y Paz, siempre pensaba que para Joaquín ella era un pibe más. Pero Joaquín, la veía ya más grande entrar por la puerta del aula, con la pubertad a flor de piel y le escribía versos en su mente, que algunas veces, si se animaba, transcribía en un papel.
Cuando estaban en séptimo grado, a la salida de la escuela, fueron a tomar una coca cola al kiosko solos. Paz lo miró y le sonrió, con la botellita en la mano y quiso decirle que gustaba de él, pero le dio miedo que Joaquín no quisiera ser más su amigo y no dijo nada.
Al ver esa sonrisa, Joaquín vio la oportunidad, pero tampoco habló: Paz se iba a asustar, porque tal vez, le gustaba alguno de los otros chicos del salón.
No pasó mucho tiempo, de ese desencuentro hasta que empezaron los asaltos en las casas de los chicos de la escuela.
Paz elegía, cuidadosamente lo que ponerse, con la intención de que Joaquín la viera con los ojos que ella quería. En cambio, él, se armaba una coraza, y se lamentaba de tanto pensar, que ella jamás lo vería más que como un amigo.
Mientras todos bailaban, ella lo miraba, por unos segundos, encontrándolo distraído, y cuando desviaba su mirada, Joaquín la amaba con los ojos, y por dentro se llenaba de angustia de pensar que esa preciosa chica jamás lo podría ver del mismo modo. Y claro que no se imaginaba, que en el corazón de Paz, no había lugar para nadie más.
Al volver de los asaltos, ella se desvelaba mirando el techo, pensando que la próxima vez, Joaquín la sacaría a bailar, y que en un acto de arrojo, podría mirarlo a los ojos para que entendiera, que no quería ser más su amiga.
¡Cómo le hubiera gustado a Paz, que su primer beso fuera con Joaquín! Pero eso jamás ocurrió.
El tiempo siguió pasando, y los encontró la adolescencia, alejándose. Paz tuvo algunos novios. Joaquín algunas novias. Y nunca se animaron, ni en las fiestas de quince, ni en la escuela, ni en Bariloche, ni tampoco en la cena de fin de año al egresar, a decirse nada.
Joaquín la seguía mirando con ese amor lleno de la inocencia del jardín de infantes.
Un montón de versos y también besos, perdidos. Cartas de amor y confesión que nunca llegaron a destino, por miedo a no corresponder.
Y cuando los dos, se distrajeron, la escuela terminó. Y también desapareció la ilusión.
Pero algunos años después, llegó la revancha: Paz y Joaquín se reencontraron, de casualidad en un bar, con sus vidas a cuestas, desencuentros e historias. Pasaron la noche recordando, para finalmente, quedar mudos, mirándose a los ojos, sin tener nada más que decir.
Rieron, a carcajadas, como cuando armaban castillos de bloques de colores. Y se besaron, para dejar, al fin, en claro, que a veces lo bueno, tarda, pero siempre llega.
Comentarios
Publicar un comentario