Rocío llegó tarde al trabajo, otra vez. Se quedó dormida, de nuevo. Cuando por fin, el sueño la venció a las seis y media, no pasaron ni veinte minutos y el despertador sonó, pero lo apagó y hasta una hora y media después no volvió a despertarse. Saltó de la cama, se puso el uniforme rápido, apenas llegó a peinarse y mientras se lavaba los dientes, pidió un taxi al que se subió con los zapatos en la mano cinco minutos después. La noche anterior había sido peor que las demás, porque esta vez, Hernán no volvió a casa, a pesar de los treinta y cuatro mensajes de Whatsapp, de las quince llamadas y los siete mensajes de texto. Todos los martes hacía lo mismo: El fútbol con los muchachos y una birrita. Se iba a las siete de la tarde y volvía a las tres de la mañana, completamente birracho y algunas veces, con una zapatilla menos, o sin la mochila. Rocío, resignada, lo esperaba sentada en el futón del living con una frazadita y cuando él cruzaba la puerta, se levantaba y revoleándosela c...