La primera vez que Carolina vio a Andrés, fue en una juntada random con unos amigos de Paulina. Él se estaba fumando un porro en el patio, abajo de una parra, sentado en una silla plástica, desgarbado, completamente relajado.
Ella salió a fumar y fue lo primero que vio: Esos ojos, esa mirada.
Andrés le voló la cabeza, desde el primer minuto. La miró, no dijo nada. Esa noche no se dijeron nada.
Carolina estaba de novia con el hermano de Paulina, que también era su amiga. No podía hacer mucho: Andrés se la comía con la mirada, fumado. Paulina se dió cuenta.
– ¿Te gusta? Mi hermano es un forro. Hablale.
– No da, boluda.
– Pero te gusta.
– Me encanta ¿Cómo se llama? ¿Cuántos años tiene?
– Andrés, es amigo de Jimmy. Tiene 31.
Carolina pasó la noche entera cruzando miradas con él.
Pero en algún momento terminó y Andrés desapareció.
No pasó mucho tiempo hasta que volvieron a verse.
Un sábado Carolina fue al bar del pueblo con sus amigas. En la puerta, estaba Andrés: Era relaciones públicas.
Cruzó la puerta y le sonrió, él la saludó:
– ¿Cómo andás?
Todo quedó ahí. Pero un rato más tarde, mientras sus amigas bailaban, y ella estaba sentada en una mesa, Andrés vino con tres porrones de cerveza y le dijo:
– Para vos y tus amigas.
Perfecto, y correcto. No era su impresión, ella también le gustaba a Andrés. Pero nunca se decían nada, no hablaban, solo se miraban, se sonreían. Intercambiaban alguna que otra mueca a la distancia.
Jamás amor, jamás. A Carolina, Andrés le generaba en el cuerpo algo que su novio no: Adrenalina, deseo, incertidumbre, ganas, de algo. Aunque sea un beso. Pero no podía.
Pasaron varios meses hasta volver a verse, ahora, en otro boliche, donde de nuevo, Andrés estaba a cargo de las relaciones públicas.
Llegaron con las chicas a las dos de la mañana y él estaba ahí.
Carolina le pegó un codazo a Eliana, una de sus íntimas:
– Mirá quién está.
– ¿Nunca le vas a hablar? – Preguntó su amiga.
– Sigo saliendo con Fede.
– Pero te gusta, te encanta. Se te ilumina la cara.
– No puedo Eli. No puedo.
Esa noche, Carolina se chocó una pared mirándolo y Andrés se dio cuenta. Se rió de eso, y la saludó de lejos. Ella volvió con las chicas y les contó que acababa de pasar un papelón.
Eran cerca de las cinco, y en el boliche quedaba poca gente.
Andrés se acercó a ella y le pidió un poco del trago que estaba tomando. Carolina le convidó.
– Qué rico trago ¿Tenés un cigarro?
– Sí, toma… – Respondió ella sacando un cigarrillo del atado. Se lo dio. Andrés lo encendió.
– El mejor pucho de mi vida ¿Qué hacés después de acá?
– Me voy a dormir. – Respondió, aunque hubiera querido decir "no sé" y darle el pie.
Transcurrieron aproximadamente ciento cincuenta sábados. Siempre el mismo repertorio de miradas.
Al ciento cincuenta y uno, la solicitud en la red social.
Habló él. Hablo ella. Que cómo estás, qué hacés hoy. Que sí querés verme, que no da.
Carolina y Federico terminaron. Pero esto siguió:
Que te llamo (decía Andrés) pero nunca llamaba.
Y así.
Una noche de Enero, Carolina volvió al boliche, directo a buscarlo. Andrés se distrajo, la ignoró.
Otra vez el chat. Qué sí. Qué no.
Carolina se cansó, y la última vez, lo miró de lejos, y a los ojos. Se acercó caminando con el mismo trago de siempre en la mano, chiquitita, pero desafiante levantó la cabeza y le dijo:
– Agachate.
Andrés bajó su oído para escucharla.
– De esta noche no pasás.
– Sabés que no mezclo mi trabajo con mi vida personal. – Respondió.
– Te espero en la esquina a las seis, entonces.
Andrés nunca llegó. Y Carolina, se quedó con el gusto amargo de no haberle dicho nada antes. Carolina se quedó con las ganas de revolcarse hasta morir con él.
Después desapareció. No volvió a saber más de Andrés.
Un año después recibió un mensaje:
– Caro, este es mi número. Llamame.
– Me parece que ya no da. – Respondió ella, con orgullo.
– Bueno, entonces, si querés, portate bien.
– Depende para quién. Hay días que tengo de portarme mal.
– Es interesante. – dijo él.
– Yo soy interesante Andrés.
– Sí, lo sos.
Y quedando trunca toda la fantasía, nunca más volvieron a verse, mucho menos, a hablar.
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