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Virgo con ascendente en Leo


La monotonía y los cuarenta le pisaban los talones. 

El trabajo como médica forense: Los días laborales de lunes a miércoles en la morgue, la docencia en la facultad de medicina y las guardias de los domingos. La casa de doscientos metros cuadrados, el jardín inmenso, el quincho con parrilla para las reuniones con amigos los viernes. El último abril, los quince años de casados con Roberto, también médico, pero ginecólogo. Mercedes llevaba esos casi cuarenta años de la mejor forma posible: Su cabello rojizo natural, ondulado, que descollaba su piel blanca, casi transparente y sus ojos verdes. Pese a tanto trabajo no tenía ni siquiera una arruga, pero eso, se lo adjudicaba a dos cosas: La buena alimentación y no haber tenido hijos.

El carácter vital y empoderado la había llevado a elegir cada paso que dió: Una carrera que la apasionara, la edad ideal para casarse, cuándo comprar la casa, cuánto ahorrar, la cantidad de vacaciones al año, a qué hora levantarse y acostarse, qué comer. Todo, cumplido a término y religiosamente.

La vida de Mercedes era, un reloj perfectamente puesto en hora. Ni un paso adelante, ni uno atrás.

La vida social estaba sincronizada: Los viernes, los amigos en común con Roberto y asado en el quincho. Los sábados dormir temprano para llegar a tiempo a la guardia. Los domingos día par, la familia de ella, los impar, la familia de él.

Nunca pensaron en tener hijos, porque estaban convencidos de que sincronizar sus vidas profesionales con algún niño, alguna niña, sería una tragedia. 

La casa siempre estaba ordenada, y así debía ser: Ni una cosa fuera de lugar, para no estallar de ansiedad.

Mercedes era de virgo. Hija única, de padres separados. Este último factor le había terminado de quitar el deseo de la maternidad. 

Una noche de diciembre, de muchísimo calor,  corregía exámenes finales de sus alumnos, en el jardín, sentada en una reposera. 

Miró el reloj y marcaba las doce. Abrió sus ojos grandes y suspiró, pensando que ya estaba demorada una hora con respecto a su horario límite para irse a acostar. Pero tenía que terminar su tarea: Los alumnos de cuarto año esperaban las notas al día siguiente.

El miércoles había sido agotador. Demasiado trabajo, y el fin de año parecía convertirse en uno cargado de actividades no habituales: Informes, exámenes, reuniones.

Se le hizo más tarde de la cuenta, mucho más. Roberto ya dormía profundamente.

Cuando llegó al último examen eran las dos de la mañana. Estaba exhausta, pero tomó esa pila de hojas, la más larga de la lista y en la lectura rápida, se sorprendió del contenido, que daba muchísima más información de la que hubiera pretendido. Si ella había preguntado tan específico ¿Por qué le responderían más? Se sintió molesta, tendría que leerlo todo, para evitar confusiones o un alumno que quisiera distraerla con nimieades.

Lo primero que hizo fue chequear el nombre y apellido, para grabárselo: Ferrari, Manuel Ernesto.

Se distrajo pensando quién era. Tenía ciento cincuenta alumnos, y una cara detrás de un apellido tan común, difícil de recordar. 

Mercedes era una mujer muy pragmática, hasta en sus pensamientos. Pero en ese momento, arrojó al aire: Pedazo de sorete ¿Qué necesidad de hacerte el erudito justo ahora? ¿No tenés vida social que estudiaste tanto?

Estaba tan ofendida por el exceso de contenido en el examen, que simplemente lo ojeó, chequeó que lo indispensable estuviera correcto y le puso nueve, aunque merecía un diez. Mercedes, nunca ponía un diez, porque el diez, era ella, ascendente en leo.

Al día siguiente se presentó en la facultad a entregar los resultados de los exámenes, pero también, los colgó en cartelera.

Cuando se estaba retirando del aula, apurada para llegar a cenar con Roberto, un alumno se acercó con su exámen en la mano. Mercedes, sin levantar la vista de su cartera, guardando sus lentes, le dijo: - Si desaprobaste, nos vemos en la próxima mesa. Me tengo que ir. - Luego, se paró.

El alumno la siguió hasta la puerta agitando el examen y pidiendo una explicación, pero Mercedes lo ignoraba. A ella no le gustaba explicar después de corregir.

  • ¡Profesora! Me puso un nueve y esto es un diez. - Le gritó el joven cuando comenzaba a cruzar la puerta del inmenso aula vacío.

Mercedes se detuvo, revoleó los ojos, y lentamente se volteó, estando segura de quién se trataba. No había puesto ninguna otra nota superior a seis.

  • Ferrari… - dijo terminando de girar todo su cuerpo.

El muchacho, de unos 25 años, de estatura notoriamente alta, ojos de huevo y lentes culo de botella, aspecto desgarbado y barba hipster le respondió:

  • ¿Me conoce profesora?

  • En realidad no - respondió ella y continuó - Es que simplemente, me resultaría imposible, olvidar a un alumno que no respeta la consigna de un examen final. Usted, perdió un punto por ese motivo. 

  • De todas maneras quiero una explicación, ya que en ningún punto del examen, usted indicó que no podíamos explayarnos en los temas. - inquirió el joven.

  • Por favor, Ferrari. Trate de no hacerme perder el tiempo. Usted no puede hablarme de ética durante una autopsia en un examen de anatomía. Eso, está fuera de contexto.

  • Yo también pretendo ser médico legista profesora, admiro su trabajo. Quería sorprenderla, nada más. Estudié mucho para el examen. Igual que para el resto de las materias, esto me baja el promedio.

  • Lo felicito por su esfuerzo. La nota es la que tiene. Confórmese. - finalizó Mercedes, dejándolo con la palabra en la boca y retirándose a paso rápido del aula.


Manuel, el alumno, la vio alejarse de espaldas. Mientras tanto, Mercedes y su ego sonreían. Si había algo que le había faltado, durante tantos años de carrera intachable era la profunda admiración de un alumno. Todos la respetaban, y estaba a la vista, pero jamás nadie le había expresado, directamente su admiración.

Esa situación le causó regocijo, alegría, y le trajo un buen humor que hacía tiempo, Roberto le recriminaba haber perdido. Ella, siempre culpaba a la monotonía, a esas largas jornadas laborales que si bien amaba, la dejaban agotada. 

Culpaba a los pequeños desdenes de la vida, a algunas decisiones no tan seguras, y también a la quieta personalidad de su esposo, que en metódico le ganaba por varios puntos.

Esa noche cenaron juntos temprano mirando televisión, como todos los jueves: Tarta de verdura con masa de harina integral.

Roberto se fue a su guardia que comenzaba ese Jueves a las nueve de la noche. Pero Mercedes, en lugar de seguir su rutina, eligió quedarse despierta, observando la noche estrellada desde el jardín. Sintió, en ese momento, una impetuosa necesidad de disfrutar su vida sin pensar en el día siguiente.

Como nunca hacía, excepto los viernes, se acercó a la barra de algarrobo del living, tomó un vaso y se sirvió un whisky doble. También sacó un habano de la vitrina de Roberto.

Se acomodó en la poltrona de la galería trasera del jardín, mirando al norte. Se reclinó, se puso el habano en la boca aún teñida de rojo, suspiró y luego lo encendió. Exhaló el humo y volvió a suspirar, relajada. Bebió un trago de ese whisky irlandés que le había traído unos meses atrás el Doctor Ramírez, gran amigo de Roberto.

Se quedó un rato, observando las estrellas y pensando porque quería tanto a su esposo.

Se respondió que era un marido ejemplar, fiel, trabajador, y por sobretodo compañero. Pero en esta última conclusión, repensó si ese por sobretodo era una cualidad de él o más bien suya ¿No habría sido Roberto el que la llevó a esa vida tan cuidadosamente ordenada?

 ¿No fue Roberto el que en realidad le dijo que tener hijos llevaba al fracaso de la pareja y que "Si no mirá Mechita, tus viejos"? ¿No fue Roberto el que eligió hacer  un posgrado en medicina laboral "por las dudas" en lugar de irse de luna de miel? Y acaso ¿No fue Roberto el que le dijo que si elegía ser médica clínica los pacientes se le iban a morir? ¿No fue Roberto el que le recomendó dedicarse a los muertos? Y ella toda una vida agradeciéndole adelante de todo el mundo, en medio de esas cenas paquetas de médicos con trayectoria, con una sonrisita y siempre agarrándolo de la mano: Si no fuera por Roberto, yo no hubiera encontrado mi lugar en la medicina.

Mercedes, en una hora mirando las estrellas, rompiendo su rutina por propia voluntad en quince años, se dio cuenta que en realidad, ella era la sombra de Roberto.

Y qué sorprendente, el destino que le puso a ese examen para corregir, y detrás el sincero alumno que le hizo saber lo que le faltaba. Algo tan chiquito, tan simple como sentirse importante, pero que se lo digan, que no parezca ese ego del ascendente zodiacal, sino algo concreto, algo dicho, directo y honesto. 





Pero después repensó y se rió segura de que era un chupamedias, o un pibe buscando el punto que faltaba para el diez que ella jamás puso. 

Pero lo de Roberto era verdad: Siempre él parecía mejor. Aunque tal vez lo era.

En ese instante, de revolear la cabeza y pensar que el whisky la estaba afectando, tuvo una idea: Buscar a Manuel Ferrari en una red social y preguntarle si lo que le había dicho esa tarde era cierto.

Ya eran doce y media cuando mandó la solicitud. No pasaron ni cinco minutos cuando Manuel la aceptó. Enseguida, el joven estudiante le envío un mensaje:

  • Hola profesora ¿Qué la trae por acá? ¿Me va a poner el diez?

Mercedes se estaba sirviendo el segundo doble cuando recibió el mensaje. Guardó rápido la botella y volvió a salir al patio arrastrando las pantuflas, ajustándose la bata de raso.

  • Hola Manuel. Ya pasé la nota. El año que viene esmerate y vemos, si estás mi cátedra, claro. - Respondió.

  • Entonces ¿Qué pasa? Con la seriedad que lleva, me parece raro que tenga redes. Más que me envíe una solicitud y a esta hora.


  • Tenés razón. Disculpame. Mejor hacé de cuenta que no pasó nada.

  • Dígame que necesita… De verdad.


  • Manuel ¿De verdad me admirás? - envío después de escribir lo mismo y borrar tres veces.


  • Ah, me tutea ahora, hoy me trató de usted… ¿Se siente bien?


  • Me arrepentí, sos muy joven para que te traten de usted. Me siento perfecta, pero me gustaría que me respondas.


  • ¿Usted trabaja mañana?

  • ¿Por qué me respondés con una pregunta? Mañana no trabajo. 


  • Porque no voy a hablar sobre mi admiración por usted en una red social. Podría mentirle, usted podría no creerme. Incluso podría pensar que estoy googleando su trayectoria. Si quiere saber cuánto la admiro, deberíamos hablar personalmente, estimo.


  • ¿Qué tiene que ver si mañana trabajo?


  • Profesora, disculpe. Usted tiene muy poca calle. Le estoy queriendo decir si podemos vernos, así le explico.

  • ¿Ahora?

  • Claro.


Por primera vez en su vida, Mercedes no dudó. Quería esa respuesta.

Roberto no estaba, ni llegaría hasta el día siguiente a las nueve y media de la noche, cuando ya el Doctor Ramírez estuviera preparando el asado.

Y así, se cambió y se fue. Se encontró con Manuel en un bar de Abasto para conversar acerca de esa admiración que necesitaba comprobar.

Llegó a las dos de la mañana y lo encontró diferente: No tenía los lentes culo de botella. Supuso, que usaba lentes de contacto.

La conversación fue amena y sincera, siguieron tomando whisky, porque Mercedes no quería mezclar.

Sabía que podía quedarse hasta la hora que quisiera, y eso le permitió dejarse llevar.

Manuel le habló de su pasión por la medicina forense. Le dijo, que le encantaba esa especialidad porque era la única forma, en que la ciencia admitía que los muertos hablan y dicen la verdad.

Mercedes estaba feliz en ese diálogo, en el que parecía que alguien, además de comprenderla, la admiraba. Manuel mencionaba casos en los que ella había trabajado y los conocía en detalle.

En un momento de la noche, no podía dejar de mirar como ese joven, que le parecía tan horrible, sonreía, recordándole la importancia de su trabajo.




La gente comenzó a irse, pero Manuel y Mercedes seguían hablando. A casi quince años de distancia, pensaban igual.

Es evidente, tal vez pensar lo que sucedió después, con una Mercedes que nunca bebía, y que estaba empezando a notar que jamás se sentía halagada y que no estaba satisfecha con su vida.

Salieron del bar, riendo. Caminaron unas cuadras hasta el auto de Mercedes.

  • Profesora, creo que usted no está en condiciones de manejar. Tomó bastante, no querrá terminar como sus pacientes. - Bromeó Manuel.

  • Ese humor negro dice que vas a llegar sin problemas Manuel.

  • Vivo a dos cuadras ¿Por qué no toma un café en mi casa y cuando se sienta mejor se va?

Mercedes volvió a ceder. La casa de Manuel era un lugar que no imaginaba: Un piso perfectamente ordenado, limpio, con muebles modernos y un balcón inmenso. Demasiado para un estudiante, pero aparentemente no para uno hijo de médicos del sur.

Se sentaron en el sillón, Manuel trajo café, de ese que viene en cápsulas. Cuando lo terminaron no había demasiado que hablar. 

Y paradójicamente, como siempre ocurre en la vida de las personas: Lo imposible pero predecible en aquel instante ocurrió.

No fue Manuel, sino Mercedes, la que se lanzó encima del joven para terminar en la cama con él y despertar con resaca, a las tres de la tarde del día siguiente, con quince llamadas perdidas de su marido en el celular.

Se levantó rápidamente, se vistió y se fue a su casa. Desde allí, llamó a Roberto explicándole que había estado todo el día en la huerta y se había olvidado el teléfono adentro.

Esa sería la primera vez de cientas, en las que las guardias de su esposo, significaran encuentros con el alumno admirador que se convirtió en amante.

Mercedes estaba cada día mejor: Más alegre, menos preocupada, más jovial. 

Pero con el paso del tiempo, ocurrió lo que nadie espera cuando tiene una aventura, pero que ocurre por decantación: Manuel se enamoró. Ella también.

Después de un año, llegaron los cuarenta, y con ellos, el caos del reloj biológico: Mercedes quería ser madre. Pero no formar una familia con Roberto. Mercedes quería todo con Manuel.

Todo era perfecto con él, porque era una relación que parecía en sus principios todo el tiempo, como si los días no pasaran. Si se veían, había magia, la misma que aquella noche que ocurrió de casualidad.

Una noche salieron a cenar y Manuel le preguntó, si por fin podrían concretar todos esos planes, que ya eran de los dos. Lo único que faltaba era que le pida el divorcio a Roberto. 

Ella dijo que sí, pero pidió un poco más de tiempo. Manuel accedió con la condición de dejar de encontrarse hasta que ese tiempo finalizara, porque no soportaba más, jugar a las escondidas.

Se alejaron por casi un año. Hasta que no soportaron más y volvieron a verse, con la condición de que todo dejaría de ser así lo más pronto posible.

Una tarde, Mercedes tomó la decisión de dejar su casa, sus cosas, su vida con Roberto, la casa de doscientos metros, el jardín. Armó la valija. Roberto estaba de guardia, y esa noche lo iba a esperar para hablar.

Una hora antes de que llegara lo llamó a Manuel para confirmar que la esperaba a iniciar esa nueva vida, pero él no respondió. 

Antes de que llegue Roberto, desarmó la valija. 

Cuando llegó su marido, él propuso hablar. A Mercedes le temblaban las piernas, porque sospechaba que ya lo sabía todo. Se imaginó quién podría haberla visto, durante tanto tiempo. Tal vez algún vecino, alguien conocido, saliendo del departamento de Manuel.

Roberto le tomó la mano, sentado en el sillón, a su lado, mirándola directo a los ojos y le dijo:

  • Mechita, perdoname, pero esto que te voy a decir no es bueno para vos.

  • Decilo Roberto, ya está, ya sabemos… Los dos. La verdad no… - dijo, tapándose la cara.

  • Ya lo sabés. Perdoname. No fue mi intención, pasó así. Yo a Romina la quiero, y ahora vamos a tener un hijo, yo no me puedo quedar acá.

Mercedes abrió grandes los ojos, y estalló, sorprendida:

  • ¿De qué me estás hablando Roberto?

Y así se terminó el matrimonio. Con Mercedes tirando por la ventana de la casa cada prenda de su ahora ex marido, furiosa, no por la infidelidad, sino porque iba a tener un hijo con otra, cuando con ella, durante años, negó esa posibilidad con excusas.

Se quedó con la casa, con todo. Sola, pero llena de lo que habían hecho juntos. Sola y enamorada de un alumno que no volvió a contestarle el teléfono en semanas. Sufriendo por eso y también por lo de Roberto, que aunque no lo quería más, le ganó de mano y hasta eso le robó: Su plan de fuga y familia feliz. Dándole vuelta todo, yéndose con su secretaria.

Una noche desquiciada, cuando casi se acababa el último irlandés que trajo Ramírez, todo estalló con una foto en una red social: Manuel ya tenía una novia de su edad, que sonreía a su lado en el mismo bar donde casi todo empezó.

Y ese día, Mercedes descubrió que lo que necesitaba ya había pasado, y que aunque estuviera rota, en mil pedazos, los iba a juntar todos, sola, siendo virgo con ascendente en leo. Y también decidió que jamás iba a volver a poner a nadie una nota superior a siete.










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